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Bienaventurados aquellos a quienes les es dado asistir al nacimiento de un autor que, por esas cosas raras de la vida, empezó por THE END, dejando abierto un camino que nos conduce a las estigias aguas de AS MUXICAS, de nuevo una jocunda variación sobre un tema, ojalá recurrente, en el joven galaico: el tema de la muerte.
Desde aquel cadáver que nos contara su historia flotando en una piscina, bordado a balazos en "El crepúsculo de los dioses" de Wilder, ha llovido mucho en el cine de autor (y en AS MUXICAS): Bergman nos la saca jugando al ajedrez en "El séptimo sello"; Ripstein, con su Requiescant in Pace campando por su falta de respeto en fúnebre apellido, nos disfraza a la carpa, a la Commare Seca, la Flaca o La Dama del Alba con feroz colorete en blanco y negro; va a ser otro cadáver el que nos cuente la historia del tedium vitae capitalista en "American Beauty", para avisarnos, además, que hay que joderse y palmarla todo el mundo. Ya lo decía Jardiel: morirse es un error. Y es por eso por que gentes tan serias como Dreyer, se inventan milagros "todo a mil", o séase "Gertrud". Eso lo sabe hasta el viejo Manuel de nuestra historia, uno de esos cabronazos de la tercera edad, más pellejo y más viejo que Faustino, empeñado en dejarlo todo atado y bien atado. Y por eso se pone manos a la obra; para que Felicidad, su costilla mollar, no le falte gusano, ni fuego fatuo, ni cruz de malta o achicoria, y hasta Santa Compaña de los otros difuntos. Pero este carcamal sistemático y pendejo no contaba con AS MUXICAS, esas chispas cabronas, expiatorias, metonimia de un infierno donde cocer, al amor de la lumbre, untos, mandrágoras y polvos de la Madre Celestina... Y, va el tonto y se echa a dormir junto a la lareira, con lo malo que es eso. Y como haberlas haylas y, meigas y meigallos están para lo que están, van a darle un revolcón a una historia de otro de esos amores de bolero y de gaita: hay amores que matan.
Preciosa y precisa de diálogos, y a pesar de inspirarse en un texto del mozambiqueño Mia couto, tan lejano geográficamente del noroeste penínsular; AS MUXICAS se adentra en los terrenos de la Galicia Mágica de un Cunqueiro con la leche cortada o de una Valle Inclán que hubiese dejado la teima grandiosa por un momento. Hay diversión aquí, y retranca, y una cierta ternura hecha pedazos, en el marco lluvioso de la tierra gallega, verde y como embrujada. La música, de pronto, se puebla del sonido del sarcasmo: es que no somos nadie, y menos la gente de Orden (La de Órdenes sí: menudos queiques con pasas, compañero), como el viejo Manuel, cuando se le mete una idea iluminada entre lóbulo y cuerno. Pide el autor, este Carlos Alberto de gozos funerarios y sombras de congostra, no se desvele el velo de tanto velatorio. Callaremos pues la sorpresa macabra, la macabrona finta de un destino de pobres. Ya lo dicen los labios de textura morapia de Manuel, Veciño Kane, a punto de palmarla: - ¡As Muxicas, As Muxicas! El fuego de la fuerza de la imagen chisporrotea y salpica: Alonso nos calienta la sesera con hervores de un romance de ciego contado por el ojo que todo lo ve y todo lo presiente de una cámara maga: Ahí va María Soliña, Felicidad de alcume (¡dime tú quien fue el padrino que consintió la coña!) Camino del Calvario del hoyo hondo que le tienen preparado. Pero, ay... ¡As Muxicas, As Muxicas! Para un cuento cruel, que no lo es tanto, se buscó nuestro Dire un montón de talentos. Ved a Fely Manzano, con mirada dolida de pastelazo de buitres y de cuervos... Cagoen la..., Os vellos non deberían namorarse, como avisaba Alfonso. Que me la andan midiendo para caber en fosa y detectan engorde y vida muelle. Esta muller con refaixo metafísico se encarama a las tablas de la tragedia antigua; está total y totalizadora: le huelen a humo y a xesta los ijares; nos remite a memorias, en cada primer plano, de la sabiduría. Y el rostro y presencia de Tucho Lagares con la voz del actor/dramaturgo Manuel Lourenzo, recrean un Manoliño imposible a quien Dios confunda, que se arremanga la toga, porque él es juez y parte, y mismamente parece que hasta tiene razón en su tolemia: hijosputa tal que así los pintaba Buñuel cuando andaba inspirado. Y luego está el paisaje, y la banda sonora, y una media hora corta, que galopa viento en popa a toda vela, hacia ese puerto de gozos que es el cine pequeño, pero ben feitiño. Carlos Alberto Alonso no se ha cortado un pelo, y eso que se afeita barba arriba: se ha sacado otro as de la manga, hablando de los suyo: Galicia, los ancestros, los difuntos y esas otras certezas: para dogmas, ya tenemos a Trier. AS MUXICAS, entonces, podría ser otro ejemplo de cine antifascista. Cuidado, a modo, as miñas donas, os meus señores, con todos los Manueles de este mundo, aunque tengan, como el nuestro, un pie en el otro. (Para
mí que este don Manuel tiene lectura Berlanguera... Un servidor,
si fueran los setenta y hubiese cine clubes, se levantaba y preguntaba
al Sr. Director si en el fondo del fondo, no andaba a pensar en el
más Manuel de los Manueles. Aunque no fuera, ni es, cierto,
corramos la voz y que se monte bulla, como hacía el taimado
Marco Brando, según cuenta Mankiewick). José Torregrosa es Comentarista de Cine y Televisión
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